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Carta de la presidenta de COGAM Carmen García de Merlo al presidente del gobierno, Pedro Sánchez.

Apreciado Señor Presidente,

Nos hemos visto de manera esporádica unas pocas veces y siempre en actos públicos, no sé si me podrá poner cara, pero estoy segura que le sonará mi nombre o por lo menos el cargo e institución que represento como presidenta de COGAM. En COGAM actualmente tenemos grupos de personas adultas, jóvenes y de familias de menores trans.

La presente carta es para exponerle cómo vivimos algunas personas a las que nos etiquetan como trans por no identificarnos con el sexo biológico con el que nos tocó nacer, haciendo de esto una parte de nuestra existencia, que primero nos resulta difícil entenderlo a nosotras mismas y cuando ya lo tenemos claro, empieza a serlo para las personas que nos rodean, muchas de ellas personas muy queridas y que forman parte de nuestra vida como es la familia, amigos y compañeros en el colegio, el instituto, la universidad, el trabajo y todos los ámbitos sociales en los que nos desenvolvemos.

Hasta hace solo cinco años yo misma vivía bajo otra identidad, 54 años escondiendo quién era de verdad, mi identidad y mi orientación. Llegué a tener muchas cosas que muchas personas querrían tener: seguridad en el trabajo, una familia con dos hijos muy queridos, estabilidad económica, pude estudiar varias carreras y hacer amigos de esos que han estado y estan ahí.

Nadie sabía de mi herida ni sufrimiento, que hacía que a pesar de tenerlo todo me faltara lo más fundamental: poder ser yo. Muchas veces pienso que a mis personas más cercanas les podía extrañar ese inconformismo y rarezas que siempre mostré a pesar de ir consiguiendo cosas en mi vida.

Desde pequeña adquirí un sentimiento de culpa y secretismo con miedo a ser descubierta, porque vivía en un mundo en el que se suponía que aquello que me pasaba, era contrario a lo que debería ser. Fui educada en el tardofranquismo y la Transición. Los valores sociales de entonces distan mucho de los de ahora, mirando para atrás en mi vida fui aprendiendo a ser ambidiestra a pesar de ser zurda, porque lo general es ser diestra, pero nunca pude dejar de ser lo que era.

A lo largo de mi vida, he visto a personas como yo que han sufrido e incluso pagado con su vida por salir y dar la cara, mientras yo estaba escondida para que no me pasara lo mismo. A finales de los años 80 en Barcelona pude conocer la realidad de unas personas como yo, a las que entonces se les llamaba travestís. Vi como habían dejado atrás su casa, su familia y todo aquello que nos une a las personas con nuestras raíces, vi como vivían de la prostitución, las mejores del espectáculo –no sin algún pago sexual–, las drogas, el sida, las hormonas clandestinas y operaciones sin garantías de salud, etc.

Hoy en día hemos avanzado mucho, creo que por eso nos atrevemos a salir más personas a las que nos pasa lo mismo, no porque seamos más en número ahora, sino porque podemos salir sin tener que pagar ese precio. De todas formas, también hay muchas personas trans (niños, niñas, niñes, jóvenes y adultos) que se han quitado de en medio (así llamo yo al suicidio). Yo misma podría haber sido una de ellas porque ya a mis 54 años no podía sufrir más, mis hijos eran mayores y pensaba que era hora de dejar de sufrir inútilmente, no podía dejar de ser quien era, había perdido mi lucha contra mí misma y aunque la gente pensara que lo tenía todo, me faltaba lo más importante: ser yo.

Afortunadamente sigo aquí, como le decía a Lola Rodriguez en el documental de ELLAS de A3Player –el cuál me tomo la libertad de recomendarle con mucho dolor–: “dejé lo que más amaba para amar lo que era”Ser trans no es una elección, no es algo que puedas dejar de lado, ni se pueda ‘curar’, porque no es una enfermedad, forma parte de tu ser, que te hace única y distinta del resto de personas, es algo esencial a la persona como otras cualidades innatas. Ser trans no se hace, se nace. Hoy en día no sabemos porqué las personas somos como somos, si las características que nos definen son innatas del todo o tenemos predisposición a ellas, pero lo cierto es que forman parte de cada una de nosotras.

Por todo esto que le puedo contar en primera persona, creo que es necesaria actualizar la ley trans con lo expuesto por la comunidad científica, es decir, la despatologización en la ley. No tiene sentido que un psiquiatra haga un informe con un juicio diagnóstico que no existe actualmente. También creo en la libre determinación para decidir si quieres o no cambiar de nombre y sexo, a nadie se le pide un informe para casarse, sabiendo esta persona que le cambia su estatus en la sociedad de manera muchas veces radical, naciendo de ese contrato derechos y obligaciones, compartiendo la vida y en algunas ocasiones la economía (sociedad de gananciales). El contrato del matrimonio está sujeto unas reglas y existen situaciones de anulabilidad y nulidad como en muchos otros contratos, pero la persona es libre siempre y cuando esté en plenas facultades mentales. También es verdad que ese contrato se puede utilizar de manera torticera y puede ser objeto de abuso de derecho, como para adquirir la nacionalidad o forma de adquirir unos derechos que de otra forma no tendría. El derecho debe perseguir estas conductas ilícitas, pero nadie por los escasos casos que se producen dentro del número total de matrimonios se plantea en suprimirlo o alterar la libre disposición de las personas.

Pienso también en la niñez, me acuerdo después de ver el documental Mi Reflejo sobre la infancia trans, cuando me preguntaron qué me había parecido, les conteste: “Yo también he sido niña”. Me acuerdo de mi niñez, rezando y soñando con un milagro imposible. Le preguntaba a mi madre si Dios me escuchaba, sin decirle exactamente lo que pedía, y ella me contestaba que a veces Dios no nos daba lo que le pedíamos, porque había cosas que nos podía dar por nuestro bien. Otras veces cuando surgía el tema de la homosexualidad, muy pocas veces, me aclaraba que Dios nos había creado así y esas personas tenían que vivir con esa carga toda su vida dentro de un orden (reprimiéndose). Así se veía entonces. Así que yo me reprimí toda mi vida, no quiero que los niños y jóvenes de hoy hagan lo mismo. La vida es única y todas las personas tenemos derecho a ser quienes somos desde nuestra niñez hasta nuestra senectud.

En estos años he conocido a personas trans migrantes que llevan en España muchos años –algunas amigas mías– sin poder cambiar sus papeles y llevándolas en muchos casos a la marginación, distinta de la que salieron de sus países, pero marginación, al fin y al cabo, con problemas por tener una imagen muy diferente a la que consta en sus documentos y contratos.

Cuando salí del armario en 2016, empecé a conocer que ya no se me llamaría transexual, sino trans, en ese momento empecé a oír hablar también del no binarismo y, aunque yo no podía entenderlo en ese momento, lo cierto es que si yo pedía comprensión por ser quién era, no podía negárselo a otras personas con una identidad distinta a la mía.

Sé que todo esto puede parecer complicado, pero no lo es porque ser trans no va en contra de nadie. Siempre digo que el desconocimiento genera el miedo y éste a veces el rechazo a lo que es diferente. Recuerdo la pregunta del examen de Constitucional cuando estudiaba Derecho, “Conflictos del Derecho”, cuando uno debe prevalecer sobre otro. También al profesor Oscar Alzaga, dando vueltas a mi alrededor mientras hacía el examen. Cuando hablamos de personas trans, no chocan los derechos de unas personas sobre otras, nadie borra a nadie. Le pongo un ejemplo: en el Ayuntamiento de Madrid –en el cuál trabajo– somos más de 26.000 funcionarios y funcionarias, de ellos 3 somos personas trans: dos mujeres y un hombre, por ello, a nivel estadístico no reflejamos ni alteramos nada. Usted tiene en su mano conocer cuántas personas se cambian el nombre y el sexo y cuántas se lo han cambiado en los registros civiles y cómo afectaría eso a las estadísticas. El número es nimio y los cálculos no salen para esos argumentos que se utilizan en contra. Aquí no hay conflicto, lo único que hay es la posibilidad de adaptar las leyes para asegurar los derechos y deberes de todos, como se ha hecho en otros países para hacer la vida a los ciudadanos más fácil, dentro del bien común.

Espero que al final la coalición de gobierno y el Gobierno que Usted preside puedan llegar a un acuerdo para impulsar las tres leyes que son necesarias para la ciudadanía y especialmente para el colectivo LGTBI+. Desde COGAM, tienen todo el apoyo que podamos dar para conseguir ese objetivo, dentro de la repercusión que tenemos como una organización histórica y luchadora de los derechos LGTBI+ en este país.

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